Jack (1914-2006)
Hace casi cuatro meses murió mi abuelo. Siempre tuve una relación muy cercana con mi abuelo Jack, una amistad que se hizo más estrecha en los últimos años. Estando en Madrid es muy difícil asimilar su pérdida puesto que esta ciudad nunca ha sido parte de nuestro contexto pero en medio del ajetreo y el bullicio, de las presiones y las tensiones me vienen recuerdos de los momentos de complicidad abuelo-nieta. Aquí hay cuatro:
HOT TODDY
Era mediado del mes de septiembre, hacía frío y un fuerte viento se había levantado en la costa suroeste de Irlanda. Sin lugar a dudas no eran las mejores condiciones para que un abuelo de 89 años estuviera conduciendo pero habíamos estado visitando a mi abuela, Kitty, que estaba ingresada en el hospital a 80 kilómetros de distancia y se nos había hecho un poco tarde para regresar. La vuelta a casa se hizo interminable. Aunque ninguno de los dos dijo nada, sé que ambos estábamos aterrorizados. El viento y la lluvia arrojaban hojas y ramas a los cristales, no se podía ver nada. Por fin llegamos a casa. Ese viaje de vuelta a casa fue toda una odisea y merecíamos una recompensa. En Irlanda, existen muchas reglas no escritas y una de ellas es que las mujeres no beben whisky (o eso creen los hombres). Esa noche habíamos ‘sufrido’ y a falta de otro hombre en casa con quien compartir la hazaña mi abuelo encendió la chimenea y me preparó un Hot Toddy (whisky caliente) bien cargado. Por un día fui su chico especial, o así me sentí yo. Pero quizá, lo que pretendió fue hacerme olvidar ese viaje y que así no pudiera contárselo a mi madre y mi tía que intentaban por todos los medios persuadir a mi abuelo para que dejara de conducir.
APPLE STEW
Eran los rubíes de su jardín. Cada año el jardín de mis abuelos se vestía de rojo en otoño cuando salían las manzanas. Las había de dos tipos, las rojas que eran las bonitas y perfectas y las verdes que eran ácidas y se utilizaban para cocinar. Las rojas las regalábamos a los amigos y vecinos, y las verdes nos las quedábamos nosotros. Antes de morir, mi abuela pasó mucho tiempo entrando y saliendo del hospital por lo que mi abuelo tuvo que responsabilizarse de la cocina. Un día, que estábamos solos los dos, me dijo que tenía que enseñarme algo. Fuimos al garaje y cogimos una caja de manzanas verdes. De vuelta en la cocina, me pidió que extendiera papel de periódico sobre la mesa y cogiera dos cuchillos afilados. En la hora siguiente mi abuelo me enseñó como se hacía una verdadera compota de manzana. Todo tenía que ser perfecto, primero se pelaban todas las manzanas y después se cortaban en trozos que no podían ser ni muy grandes ni muy pequeños. A los daditos de manzanas se les añadía una cantidad generosa de azúcar y se ponían a cocer a fuego lento. Fue un momento de gran complicidad, estoy segura que a mi abuela le hubiese encantado ver al abuelo darme esa clase magistral de cocina.
LAWNMOWER
Mi abuelo sólo se enfadó una vez conmigo en toda su vida. Siempre fue un perfeccionista y un amante del trabajo bien hecho, unos valores que seguramente quería inculcarme. Durante sus años de jubilación dedicó muchas horas a cuidar de su jardín, por el que recibió numerosos elogios. Uno de sus últimos regalos fue una moderna segadora, que, para los entendidos en jardinería debía de ser lo más, pero para mí, una pobre chica de ciudad, no era más que un artilugio. Debió de dedicar unos 15 minutos a explicarme como funcionaba e hizo especial hincapié en que tenía que tener mucho cuidado en vaciar la cesta con la hierba por el riesgo de que el cortacésped se quedara bloqueado, y antes de empezar, me dio una última instrucción: ¡corta el césped recto!.
Allá voy yo toda bien intencionada y empiezo la ardua tarea de cortar el césped, cuando llevo unos metros recorridos veo que mi abuelo de empieza a mover las manos, se acerca y me dice en un tono enfadado: “¡pero qué haces!, ¡no te das cuentas de que vas torcida!, ¡tómate el tiempo que quieras, pero por el amor de Dios, córtalo recto!”. La tensión podía palparse en el ambiente. Yo estaba aterrorizada, nunca lo había visto enfurecerse y además no había nadie cerca que pudiera intermediar entre “el hombre” y yo. Ahí estábamos, la niña y el abuelo. Era un cara a cara. No recuerdo si conseguí cortarlo bien del todo, sólo sé que casi me cargo esa máquina tan cara y que mi abuelo no me quitó la vista de encima hasta que todo el trabajo estuvo terminado. Mirando atrás, creo que lo que le molestó no fue el hecho de que césped no quedara perfecto sino que él no podía hacerlo y que tenía que depender de una insensata como yo (creo que fue así como me llamó) para hacer un trabajo que había sido suyo toda la vida.
BLESSINGS
Me he despedido muchas veces de mi abuelo. Las últimas veces que fui a Irlanda para verlo, nos despedíamos como si fuese la última vez. Me hacía sentir como un personaje bíblico. Él postrado sobre la cama, yo sentada sobre la colcha. Sus enormes manos cogían las mías minúsculas. Y, entre lágrimas, empezaba a bendecirme, “que Dios te bendiga, que todo te vaya bien. Que seas una buena persona, haz el bien”. Fueron momentos intensos, siempre con la incertidumbre de no saber si sería la última vez y el dolor de pensar si le había dicho suficientes “te quieros”.
Jack murió el 14 de enero, sólo cuatro meses después de que partiera mi abuela. Tenía el corazón roto, y la echaba enormemente en falta, había cumplido su misión en la tierra y lo único que quería, era descansar junto a su amada.
La vida de mi abuelo giró en torno a tres ejes: Dios, familia y amigos. Ese es mi legado, y a medida que me hago adulta quiero aprender a amar más a Dios, a mi familia y a mis amigos. En comparación con las tragedias que cada día se producen muy cerca de nosotros, la muerte de Jack fue un momento dulce y de celebración de su vida.
HOT TODDY
Era mediado del mes de septiembre, hacía frío y un fuerte viento se había levantado en la costa suroeste de Irlanda. Sin lugar a dudas no eran las mejores condiciones para que un abuelo de 89 años estuviera conduciendo pero habíamos estado visitando a mi abuela, Kitty, que estaba ingresada en el hospital a 80 kilómetros de distancia y se nos había hecho un poco tarde para regresar. La vuelta a casa se hizo interminable. Aunque ninguno de los dos dijo nada, sé que ambos estábamos aterrorizados. El viento y la lluvia arrojaban hojas y ramas a los cristales, no se podía ver nada. Por fin llegamos a casa. Ese viaje de vuelta a casa fue toda una odisea y merecíamos una recompensa. En Irlanda, existen muchas reglas no escritas y una de ellas es que las mujeres no beben whisky (o eso creen los hombres). Esa noche habíamos ‘sufrido’ y a falta de otro hombre en casa con quien compartir la hazaña mi abuelo encendió la chimenea y me preparó un Hot Toddy (whisky caliente) bien cargado. Por un día fui su chico especial, o así me sentí yo. Pero quizá, lo que pretendió fue hacerme olvidar ese viaje y que así no pudiera contárselo a mi madre y mi tía que intentaban por todos los medios persuadir a mi abuelo para que dejara de conducir.
APPLE STEW
Eran los rubíes de su jardín. Cada año el jardín de mis abuelos se vestía de rojo en otoño cuando salían las manzanas. Las había de dos tipos, las rojas que eran las bonitas y perfectas y las verdes que eran ácidas y se utilizaban para cocinar. Las rojas las regalábamos a los amigos y vecinos, y las verdes nos las quedábamos nosotros. Antes de morir, mi abuela pasó mucho tiempo entrando y saliendo del hospital por lo que mi abuelo tuvo que responsabilizarse de la cocina. Un día, que estábamos solos los dos, me dijo que tenía que enseñarme algo. Fuimos al garaje y cogimos una caja de manzanas verdes. De vuelta en la cocina, me pidió que extendiera papel de periódico sobre la mesa y cogiera dos cuchillos afilados. En la hora siguiente mi abuelo me enseñó como se hacía una verdadera compota de manzana. Todo tenía que ser perfecto, primero se pelaban todas las manzanas y después se cortaban en trozos que no podían ser ni muy grandes ni muy pequeños. A los daditos de manzanas se les añadía una cantidad generosa de azúcar y se ponían a cocer a fuego lento. Fue un momento de gran complicidad, estoy segura que a mi abuela le hubiese encantado ver al abuelo darme esa clase magistral de cocina.
LAWNMOWER
Mi abuelo sólo se enfadó una vez conmigo en toda su vida. Siempre fue un perfeccionista y un amante del trabajo bien hecho, unos valores que seguramente quería inculcarme. Durante sus años de jubilación dedicó muchas horas a cuidar de su jardín, por el que recibió numerosos elogios. Uno de sus últimos regalos fue una moderna segadora, que, para los entendidos en jardinería debía de ser lo más, pero para mí, una pobre chica de ciudad, no era más que un artilugio. Debió de dedicar unos 15 minutos a explicarme como funcionaba e hizo especial hincapié en que tenía que tener mucho cuidado en vaciar la cesta con la hierba por el riesgo de que el cortacésped se quedara bloqueado, y antes de empezar, me dio una última instrucción: ¡corta el césped recto!.
Allá voy yo toda bien intencionada y empiezo la ardua tarea de cortar el césped, cuando llevo unos metros recorridos veo que mi abuelo de empieza a mover las manos, se acerca y me dice en un tono enfadado: “¡pero qué haces!, ¡no te das cuentas de que vas torcida!, ¡tómate el tiempo que quieras, pero por el amor de Dios, córtalo recto!”. La tensión podía palparse en el ambiente. Yo estaba aterrorizada, nunca lo había visto enfurecerse y además no había nadie cerca que pudiera intermediar entre “el hombre” y yo. Ahí estábamos, la niña y el abuelo. Era un cara a cara. No recuerdo si conseguí cortarlo bien del todo, sólo sé que casi me cargo esa máquina tan cara y que mi abuelo no me quitó la vista de encima hasta que todo el trabajo estuvo terminado. Mirando atrás, creo que lo que le molestó no fue el hecho de que césped no quedara perfecto sino que él no podía hacerlo y que tenía que depender de una insensata como yo (creo que fue así como me llamó) para hacer un trabajo que había sido suyo toda la vida.
BLESSINGS
Me he despedido muchas veces de mi abuelo. Las últimas veces que fui a Irlanda para verlo, nos despedíamos como si fuese la última vez. Me hacía sentir como un personaje bíblico. Él postrado sobre la cama, yo sentada sobre la colcha. Sus enormes manos cogían las mías minúsculas. Y, entre lágrimas, empezaba a bendecirme, “que Dios te bendiga, que todo te vaya bien. Que seas una buena persona, haz el bien”. Fueron momentos intensos, siempre con la incertidumbre de no saber si sería la última vez y el dolor de pensar si le había dicho suficientes “te quieros”.
Jack murió el 14 de enero, sólo cuatro meses después de que partiera mi abuela. Tenía el corazón roto, y la echaba enormemente en falta, había cumplido su misión en la tierra y lo único que quería, era descansar junto a su amada.
La vida de mi abuelo giró en torno a tres ejes: Dios, familia y amigos. Ese es mi legado, y a medida que me hago adulta quiero aprender a amar más a Dios, a mi familia y a mis amigos. En comparación con las tragedias que cada día se producen muy cerca de nosotros, la muerte de Jack fue un momento dulce y de celebración de su vida.

1 Comments:
He tardado hasta hoy en leer este blog. Casi me hace llorar y todo. Gracias por tener las agallas de compartir estas experiencias. Mientras mi abuelo lucha con cierto tipo de cáncer, se hace muy real eso de "el legado" y conocer las raíces de uno (sobretodo teniendo en cuenta que mi nombre está inspirado en mi abuelo, otro Kenneth). Gracias.
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