Memorias de África
Podría ser el título de unas célebres reminiscencias cinematográficas, el nombre de la Patrona de la mediterránea ciudad de Ceuta o el lugar elegido por Brad Pitt y Angelina Jolie para dar a luz a la pequeña Shiloh, pero es el nombre de mi amiga África.
Hace unos días llegó la factura del teléfono y había una llamada internacional de la que nadie se hacía responsable. Se trataba de un móvil en Inglaterra, yo estaba segura de no haber llamado a ninguno pero aún así eché mano de la agenda y me di cuenta de que ¡claro!, tenía que ser ella, mi amiga en el exilio voluntario, África.
Al ver su número de teléfono, recordé una vez más cuanto la echo de menos. Durante tres años hemos vivido a 10 minutos andando de una casa a otra, y de repente este año en dos países diferentes.
Recuerdo el primer verano que me quedé en Madrid. Estaba entusiasmada porque me habían ofrecido unas prácticas en la Cadena Ser, pero a medida que pasaban los días y las temperaturas de julio subían mi entusiasmo se derretía. En agosto el tener que levantarme a las 6:30 am y aguantar las presiones del trabajo y el aprendizaje forzado se convirtió en sufrimiento. Como África tenía el mismo horario y su trabajo también estaba en Gran Vía cogíamos juntas el cercanías por las mañanas. En nuestras conversaciones matutinas me ayudó a ver más allá y que los tres meses en la Ser sólo eran un paso más para lograr mi sueño periodístico.
Uno de nuestros clásicos era ir al cine, supongo que basado en la firme creencia que una buena película lo cura todo. Con el cine lo resolvíamos todo: una celebración, un bajón, una bienvenida, una despedida, los éxitos y los fracasos.
Aunque la echo terriblemente de menos, estoy feliz por ella. África ama la música. Es su vida. Hace un año le ofrecieron una beca para estudiar en la escuela de música de Paul McCartney en Liverpool. Al terminar su año le han vuelto a ofrecer otra beca porque ha sido una de las mejores estudiantes del curso. Estoy feliz porque decidió perseguir su sueño y el tiempo, el esfuerzo y la perseverancia la están guiando hacia él.
África ha sido tan importante para mí en los últimos tres años. Este periodo de tiempo coincidió con una disminución de mi asistencia a las reuniones de los domingos y un distanciamiento en general de mi vida en la iglesia. Ella ha sido mi nexo de unión con el resto de amigos eclesiales: “África, ¿cómo está Eva?”, “¿Has visto a Eva últimamente?”, ¿Qué la tiene tan ocupada para que no pueda venir? o por mi parte: “África, ¿qué tal la predicación hoy?”, “¿Quién ha ido?”. Sin tener que entrar en muchos detalles, sabía perfectamente lo que pensaba. Tenía la madurez y la sabiduría de elegir las palabras correctas, siempre una actitud receptiva ante mi escepticismo respecto a la iglesia.
Echar de menos, ¿cómo liberarse de esa sensación?.
Hace unos días llegó la factura del teléfono y había una llamada internacional de la que nadie se hacía responsable. Se trataba de un móvil en Inglaterra, yo estaba segura de no haber llamado a ninguno pero aún así eché mano de la agenda y me di cuenta de que ¡claro!, tenía que ser ella, mi amiga en el exilio voluntario, África.
Al ver su número de teléfono, recordé una vez más cuanto la echo de menos. Durante tres años hemos vivido a 10 minutos andando de una casa a otra, y de repente este año en dos países diferentes.
Recuerdo el primer verano que me quedé en Madrid. Estaba entusiasmada porque me habían ofrecido unas prácticas en la Cadena Ser, pero a medida que pasaban los días y las temperaturas de julio subían mi entusiasmo se derretía. En agosto el tener que levantarme a las 6:30 am y aguantar las presiones del trabajo y el aprendizaje forzado se convirtió en sufrimiento. Como África tenía el mismo horario y su trabajo también estaba en Gran Vía cogíamos juntas el cercanías por las mañanas. En nuestras conversaciones matutinas me ayudó a ver más allá y que los tres meses en la Ser sólo eran un paso más para lograr mi sueño periodístico.
Uno de nuestros clásicos era ir al cine, supongo que basado en la firme creencia que una buena película lo cura todo. Con el cine lo resolvíamos todo: una celebración, un bajón, una bienvenida, una despedida, los éxitos y los fracasos.
Aunque la echo terriblemente de menos, estoy feliz por ella. África ama la música. Es su vida. Hace un año le ofrecieron una beca para estudiar en la escuela de música de Paul McCartney en Liverpool. Al terminar su año le han vuelto a ofrecer otra beca porque ha sido una de las mejores estudiantes del curso. Estoy feliz porque decidió perseguir su sueño y el tiempo, el esfuerzo y la perseverancia la están guiando hacia él.
África ha sido tan importante para mí en los últimos tres años. Este periodo de tiempo coincidió con una disminución de mi asistencia a las reuniones de los domingos y un distanciamiento en general de mi vida en la iglesia. Ella ha sido mi nexo de unión con el resto de amigos eclesiales: “África, ¿cómo está Eva?”, “¿Has visto a Eva últimamente?”, ¿Qué la tiene tan ocupada para que no pueda venir? o por mi parte: “África, ¿qué tal la predicación hoy?”, “¿Quién ha ido?”. Sin tener que entrar en muchos detalles, sabía perfectamente lo que pensaba. Tenía la madurez y la sabiduría de elegir las palabras correctas, siempre una actitud receptiva ante mi escepticismo respecto a la iglesia.
Echar de menos, ¿cómo liberarse de esa sensación?.

3 Comments:
echar de menos es bueno.
creo que lo necesitamos apra darnos cuenta de muchas otras cosas.
ya te digo, yo estoy en LA y hechos muchas cosas de menos y me doy cuenta de muchas cosas a base de eso
echar de menos es algo inevitable...los días del colegio, aquel campamento de verano, la señora del 5º1ª q te daba caramelos, los amigos de otro país...hay q acostumbrarse, seguir adelante con ese dolor punzante e intentar pensar no en el dolor pero en las memorias q están tras ese dolor...
no se...es lo q intento hacer yo...
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