Arena en los bolsillos
Mientras la gente termina de hacer acopio de los últimos biquinis en rebajas o las cremas protectoras, ponen a punto el coche para emprender el viaje con dirección a la playa y se apagan los ordenadores hasta septiembre, aquí, la moi vuelve a la vida laboral tras un pequeño, rápido y aprovechado descanso estival.
Pasé la semana pasada entre el glamour de Marbella, las olas de Tarifa, el puerto de Algeciras y la tranquilidad de un pueblo de Extremadura llamado Granja de Torrehermosa. Gracias a mi amiga María conseguí el objetivo de desconectar totalmente y entrar en la dimensión donde sólo hay preocupación por el descanso, la recarga de ánimos y el entretenimiento. Mucha playa, lectura, buena comida y increíble compañía, los ingredientes para volver con un bronceado estupendo y con expectativas para el futuro.
Aproveché para reencontrarme con mis amigas de la infancia -Noemí y Adela-, desde que dejamos el pequeño pueblo donde pasé mi infancia, Palmones, para mudarnos a Irlanda tratamos de vernos todos los años. Durante los años en el colegio destacamos por ser diferentes y en no pocas ocasiones fuimos objetivo de burlas y comentarios destructivos. A día de hoy, somos las únicas que hemos ido a la universidad mientras que el resto de nuestros compañeros de clase ya han tenido hijos, viven mediocremente entre trabajos inestables y anclados en ese pequeño pueblo donde parece que la historia vuelve a repetirse, de padres a hijos. La sabia frase vuelve a cumplirse: el tiempo pone a cada uno en su sitio.
El mes de agosto se presenta no tan relajado como pudiera parecer: fin de semana en una casa de campo en Segovia, boda en Santander, entrevista de trabajo, visita a una catedral hecha con escombros, cenas varias, una montaña de libros y preparación de los exámenes de septiembre. El que se aburre, es porque quiere.

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